• Frank Furedi
  • Frank Furedi
  • Sociologist, commentator and author
Article

La apoteosis de la victimización

La otra noche asistí a la versión cinematográfica de Macbeth, que produce la Royal Shakespeare Company. No fue la mejor ni la peor representación que he visto de este genial drama. Pero, cuando la obra finalizó, lo que quedó grabado en mi memoria no fue la puesta en escena, ni la actuación, sino un comentario que, en su introducción a la obra, realizó Niamh Cusack, la actriz que interpreta a Lady Macbeth.

Cusack describió a Lady Macbeth no tanto como una persona malvada sino más bien traumatizada, psicológicamente “lastimada”. También añadió que, de hecho, las personas malvadas solían ser personas traumatizadas. Este retrato como víctima de la ferozmente controladora y taimada Lady Macbeth tiene poco que ver con la concepción que Shakespeare tenía sobre su personaje. Pero, indudablemente, se encuentra muy en línea con lo que la actual élite cultural occidental piensa de la gente.

El lenguaje de la moralidad se ha medicalizado, especialmente en el mundo anglosajón. En consecuencia, el juicio moral ha dado paso al diagnóstico médico. Y ese diagnóstico de Cusack sobre Lady Macbeth como psicológicamente herida, denota una creciente tendencia a percibir las malas conductas, incluso los actos de maldad, como meros síntomas de problemas psicológicos. La descripción de Lady Macbeth como traumatizada, es también significativa en otro aspecto: el uso del término lastimado para describir a una persona constituye una declaración de principios sobre la condición humana. La enorme frecuencia con la que se habla de personas traumatizadas, indica que la sociedad piensa que cualquier problema de conducta individual debe estar relacionado con alguna afección mental.

Percibí el uso indiscriminado del término “lastimado” para describir la condición humana en abril de 2005, mientras veía la serie norteamericana de televisión El Ala Oeste de la Casa Blanca (West Wing). En un famoso episodio de la sexta temporada, el candidato presidencial Matt Santos dirigía a la Convención del Partido Demócrata un discurso potente y conmovedor. Pero la Convención se enardeció de verdad cuando Santos proclamó ante su audiencia: “todos somos personas lastimadas“. En ese momento, los asistentes enloquecieron, estallando en una gran ovación. Escuchar que todos estaban “lastimados” ejerció un efecto terapéutico en una audiencia convencida de que la imperfección, la impotencia y el sentimiento de ser víctima son los elementos que realmente nos unen.

Estar traumatizado es la nueva condición de normalidad. También se ha convertido en una identidad, que esas personas prósperas de clase media que asistían a la convención de la serie de televisión asumieron con gran entusiasmo. Sea bienvenido a un mundo donde la víctima traumatizada es la apoteosis de las virtudes humanas.

Hubo un tiempo en que el término lastimado se usó con cuidado. De vez en cuando se describía a las personas como lastimadas, pero siempre por un trauma físico, consustancial a alguna enfermedad. Por ejemplo, un informe del gobierno británico de 1914, que calculaba los necesitados del Seguro Nacional de Salud, como “personas lastimadas” se refería a las epilépticas, a las que sufrían parálisis congénita, sífilis, reumatismo o enfermedades cardíacas. Estos ejemplos se refieren a daños físicos concretos, no a una condición humana no especificada, que puede abarcarlo todo.

Ocasionalmente, “lastimado” hacía alusión a algún síntoma de fracaso moral. La reputación de las personas podría verse menoscabada por una quiebra moral. Así, las mujeres jóvenes que “perdían” su virginidad eran a veces tachadas de “lastimadas”. Pero estas alusiones se trataban sólo de casos excepcionales de transgresión moral. La colosal generalización del uso del término “lastimado” es parte integral de una nueva narrativa cultural que asigna a las personas el papel de víctimas por fuerzas que escapan a su control.

La devaluación de la humanidad

Desde la década de los 70, pero especialmente desde que comenzó el siglo XXI, las sociedades occidentales han adoptado una concepción profundamente pesimista de la condición humana. Una de las principales ideas del Renacimiento fue que las personas no estaban necesariamente ligadas a su Destino. Este optimismo, esta confianza en el poder de la imaginación humana, que floreció en los siglos siguientes, se ha tornado hoy en un enfoque pesimista que resalta la vulnerabilidad de los seres humanos y su impotencia. Este cambio en la forma en que la cultura occidental retrata la condición humana se expresa claramente en su tendencia a percibir a las personas como víctimas; o como meros objetos en lugar de sujetos, autores y protagonistas de su propio destino.

La visión actual, extremadamente exagerada, sobre la vulnerabilidad humana se basa en la premisa de que las amenazas a las que se enfrenta la sociedad son mucho más peligrosas y dañinas de lo que antes se creía. El significado de daño se ha ampliado hasta tal punto, que con mucha frecuencia se considera que las palabras ofensivas pueden causar un daño permanente, de por vida, en el receptor.  Cada vez más, se advierte que los problemas cotidianos de la vida pueden dañar la salud. Experiencias como el desasosiego o la decepción son muy frecuentemente objeto de tratamiento médico.

La frase “todos estamos traumatizados” deja muy poco al azar: implica a cada ser humano. Con el ascenso de la cultura terapéutica, esta formulación fetichista se aplica de forma rutinaria a cualquier persona que haya experimentado el dolor emocional, el fracaso o la desgracia. Los trabajadores sociales hablan de sus clientes como traumatizados. A los refugiados se les dice que el tiempo no cura y que deben aceptar que están dañados de por vida.. Y, con frecuencia, se retrata a los niños que han sufrido alguna desgracia como jóvenes traumatizados.

Desde principios de los ochenta, el término dañado, o traumatizado, se ha convertido en un marcador de la infancia. Y, naturalmente, este diagnóstico de que las experiencias dolorosas son dañinas para la salud psíquica de los individuos también se ha aplicado a grupos y comunidades. En consecuencia, se define a determinados grupos de personas como comunidades lastimadas. La reivindicación de haber sido dañado sirve como característica de una identidad individual o grupal. La disposición con que se asume y politiza esta identidad se demuestra en los conflictos que tienen lugar en la vida pública. La aceptación de la identidad del daño se expresa de manera más sorprendente a través de la ascendencia de la cultura de la victimización.

La transformación de la angustia en lesión emocional permanente tiene como premisa la creencia de que es probable que las personas se vean dañadas por las experiencias desagradables y los reveses de la vida cotidiana. El trauma se ha convertido en un término de uso múltiple para describir el estado de ánimo de un individuo tras una vivencia adversa. La descripción del daño psicológico como una aflicción a largo plazo surge de la falta de confianza en la capacidad de las personas para enfrentarse a las experiencias desgraciadas.

Hoy día, la gente no debe experimentar y sobreponerse a la angustia, la inquietud o el desasosiego sino buscar tratamiento. La interpretación del dolor interno normal de las personas como un trastorno mental altera la relación entre el individuo y su experiencia con la desgracia. Se educa a los niños y jóvenes para adoptar una concepción de la personalidad que les induce a creer que el individuo no tiene capacidad, por sí solo, para lidiar con las pruebas de la vida.

El concepto de daño psicológico está influido por una sensibilidad cultural que considera que los problemas emocionales tienen un efecto mucho más profundo del que se reconocía hasta ahora. Existe una creencia, ampliamente difundida, de que, una vez ocurridas, las lesiones emocionales ya no se pueden restañar. A diferencia de las acciones físicas, que tienen un principio y un final, y son de naturaleza específica, el reino de las emociones no parece conocer fronteras. Y, dado que estas lesiones son invisibles, proporcionan un inmenso margen para la imaginación cultural. Términos como “cicatrices de por vida” describen la experiencia del trauma y transmiten siniestramente la imagen de una cadena perpetua. Este sentimiento proviene de ciertas interpretaciones del problema de la infancia.

Las descripciones actuales de la infancia envían el poderoso mensaje de que cualquier daño psicológico te perseguirá hasta la edad adulta. Y este enfoque tan alarmista del trauma infantil no se limita a la cultura popular: los profesionales bombardean continuamente a los padres con advertencias sobre los múltiples riesgos que acarrea el desarrollo emocional de sus hijos. La salud mental infantil se ha convertido en una especialidad profesional respetable en los EE.UU. y el espíritu de la “intervención temprana” ha ganado influencia a ambos lados del Atlántico. La promoción de la intervención temprana se guía por investigaciones que sugieren “que el momento más efectivo para actuar, a veces el único, es la infancia”. Se argumenta que a partir de los dos años puede ser ya demasiado tarde para evitar que los niños sufran daños psicológicos.

El temor a someter al alumno a una “presión imposible” por parte de las escuelas y de unos padres ambiciosos suele expresarse en un tono moralista. Un ejemplo de esta tendencia es el lenguaje histriónico que se genera alrededor de la controversia sobre la pedagogía de la lectura. El debate en torno a los pros y los contras de enseñar a los niños a leer utilizando el método fonético se desarrolla frecuentemente con un espíritu de cruzada que se asemeja a una versión contemporánea de las guerras de religión medievales. Ambas partes se acusan mutuamente de utilizar métodos de enseñanza que crean graves problemas de salud para los niños. Hablando sobre “toxicidad fonética y otros efectos secundarios”, el neurólogo norteamericano Steven Strauss afirma que la fonética desconecta a los niños de la lectura y les conduce a un “daño emocional” y a ‘”todo tipo de angustias emocionales y psicológicas”.

A primera vista, la visión de un niño luchando con su libro de lectura parece muy lejos de los trastornos emocionales experimentados por Lady Macbeth, causados por su complicidad en el brutal asesinato de su Rey. Pero en un mundo donde nuestra cultura nos trata a todos como personas traumatizadas, es fácil perder de vista las distinciones: cuáles son moralmente significativas y cuáles no lo son.

Contact me

If you want to get in touch or keep updated with my activities, either email me, connect with me on LinkedIn or follow me on Twitter.